Porque quiero serte fiel...así oraba Nehemías
- Instituto Wouters Administradores

- 8 jun
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Leyendo el libro de Nehemías, me encontré con que es uno de los libros más cortos de la Sagrada Escritura, pero de una profundidad provechosa para algún célibe que quizá pueda estar flaqueando... En el contexto del post-exilio, Nehemías escribe por aquellos compatriotas que se encontraban al menos cerca de Jerusalén. La respuesta es que atraviesan gran mal y que la ciudad está sin murallas. Aquí preciso recordar cuando, sabiendo que es el Espíritu de Dios quien habla a través de los profetas, El Señor nos pregunta en primera persona ¿Cómo estás? o como a Adán ¿Dónde estás? ... la respuesta puede ser la misma: en gran mal y la ciudad, mi corazón, ya no tiene murallas que lo protejan.
Y eso mismo le puede pasar a algún célibe que después de luchas, de desgastes, de distracciones, de haber abandonado la oración, de haber vivido para sí mismo, venga de vuelta al Señor, pero el corazón ya no está igual, no puede emprender batallas nuevas, no hay murallas...no puede proteger a aquellos puestos a su cuidado...no hay murallas, sus puertas destruidas por el fuego, por las llamas de vicios, de la ira, de la envidia, del rencor y de tantas cosas que a un célibe le podría pasar en su vida.
Pero como pocos, Dios supera al célibe en generosidad, al final, de Él ha recibido la vocación, de la que sabíamos, aquel elegido no era digno. Así, el Espíritu Santo ora en Nehemías: ¡Oh Señor!, te pido que estén atentos tus oídos a la oración de tu siervo y a la súplica de tus servidores, que quieren ser fieles a ti. Y sabemos que, el querer ser fieles al Señor, no es iniciativa nuestra, la primacía de la Gracia nos dice que todo comienza con la libre voluntad de Dios de mover aquel corazón a ser fiel, y cuando en su libertad, el célibe acoge en lo profundo de su corazón ese deseo de fidelidad, Dios no hace oídos sordos. Viene a rescatar, a sanar, a reconciliar, a consolar, a salvar. Aquí lo más sorprendente de la oración es que hay un deseo de fidelidad, iniciado por Dios, secundado por el hombre, y recibido atentamente por Dios. De igual manera, el célibe puede suplicar aquel deseo de fidelidad, evitando el pacifismo- quietismo de Miguel de Molinos, sino en una activa petición de que Dios mueva ese clamor interior ¡Ayúdame a serte fiel! ¡Mira que mi corazón ya no tiene muralla, y su puerta fue consumida por el fuego! ¡Venga, Señor, aprovéchate de eso! ¡Ya no hace falta que toques la puerta para que te abra! ¡Ya no tengo murallas para defenderme de tus caricias! ¡Ven que quiero serte fiel!
Y Dios que dio el Don del Celibato de manera irrevocable vendrá de nuevo, reparando lo quebrado, tomando ventaja del que pudo existir, sanando lo enfermo.



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